Pequeños cuentos del Basquet que recuerdo. (Por Seba Saborido)
El día que dirigí a los LAKERS
Corría el año 1993…
No era, sin duda, el mejor de los contratos, pero aquella charla con el directivo, mientras yo me probaba una camisa, despertó en mí una enorme expectativa.
El arreglo fue rápido: si estamos de acuerdo, arrancás el lunes, me comentó mientras miraba un vaquero clásico (azul nevado, que era lo que se usaba…).
Y así fue: salí de lo del Turco y, a los pocos minutos, ya estaba decidido.
Aquel lunes no fue uno cualquiera: llegar al estadio y conocer a Magic, Worthy, Divac, Byron, entre otros, no era algo común. La adrenalina cambiaba la forma de ver todo; era mi primer trabajo como entrenador y exigía una enorme responsabilidad.
HABÍA QUE EMPEZAR A TRABAJAR. Y no era nada fácil en plena competencia, que ya estaba en marcha: había que entrenar, había mucho por aprender y muchísimo por mejorar. El sábado siguiente, el rival era ni más ni menos que Boston… ¿Revelaría ese primer escollo mi verdadera capacidad? Tal vez no… pero ¿quién no siente algo así en lo más hondo de la panza…?
Esa semana fue muy intensa: entrenamientos exigentes y una catarata de correcciones. Pases, cortes, reemplazos… defensa, rebote, corrannn… eran algunos de los gritos que retumbaban en aquella cancha (de parquet, sí, pero de ese de tablitas en L). Los jugadores respondían e intentaban, con muchas ganas, hacer todo lo que se les indicaba. Los errores abrumaban, pero había que seguir…
Tal vez fueron esas horas extras las que marcaron la diferencia… ¿Quién sabe?
Pero, apenas podían, los muchachos ya estaban en la cancha —a pesar de Jairo— repitiendo todo lo entrenado, aunque siempre jugando…
Y el sábado llegó. El debut era inminente y toda la escena estaba cargada de una tensión particular.
Keti en la entrada, Miguel y Adriana armando el quiosco, Daniel corría por detalles, Jorge con la bandeja que aparecía por la pequeña puerta de la esquina y volvía con una completa que algún chico había pedido en la cantina de la sede.
El público ocupaba casi todas las butacas (esas sillas plásticas, verdes, desparramadas por ahí).
Y el juego arrancó… El sueño y la ilusión se pusieron en marcha con esa pelota en el aire. Divac y Parish dividieron el balón, y así empezó todo… En la banca rival se escuchaban los gritos del gran Fito. Yo caminaba la banda repitiendo las indicaciones trabajadas; el partido transcurría parejo, con gran intensidad: doble para ellos, corrida y gol de nuestro equipo. Se terminaba el primer cuarto y la paridad seguía intacta.
El segundo cuarto no cambió demasiado, salvo porque los protagonistas eran otros cinco…
Mientras tanto, el Gringo, con su taza de café, salía por la pequeña puerta. Sabía que en la cancha había uno del palo… pero el hincha le podía a todo.
Se reclamaban algunas faltas… y las dos parcialidades murmuraban.
Y así llegamos al último cuarto del partido…
En ese preciso momento algo cambió: la realidad superó a la ficción, pero de ningún modo alteró los sueños.
Magic pasó a ser Leito… Divac era Nacho; Worthy, Pablito; y Santi, Gonza, Zurdo, Agu, Migue, Lucas, Dani, Franco, Cuchi —y cientos que vinieron después y también estuvieron antes— ocuparon ese lugar. Y los Lakers pasaron a ser los minis…
Tal vez ganamos ese partido. No lo recuerdo con exactitud. Lo que sí sé es que entendí otras cosas que me marcaron para toda la vida…
La verdadera magia de sentir a aquellos niños como mis Lakers nunca cambió. Lo que sí entendí con el tiempo es que, para formar, hay que saber soñar, contagiar pasión, jugar, divertirse y educar…
El valor de la herramienta que tenemos los entrenadores de formación es inmenso…
CUIDARLA Y PROTEGERLA ES SER CAMPEÓN.
Y así fue como dirigí a los LAKERS…

