ADVERTENCIA: CONSUMO IRONICO A POC0S METROS

Las nuevas formas del consumo cultural pueden generar efectos no deseados, como legitimar discursos discriminatorios e intolerantes. Además, el mercado no entiende la “ironía” de nuestro consumo, solo detecta los números de audiencia y genera beneficios algo básico para seguir manteniendo un producto o formato en el medio que sea.
El consumo como concepto no hace referencia a nada malo ni perjudicial. Podemos definirlo como el simple hecho de consumir para satisfacer necesidades o deseos. El problema llega cuando esta actividad se vuelve patológica. Entonces ya no hablamos de ‘consumo’, sino de ‘consumismo’ y es eso lo que nos vuelve dependientes de aquello que odiamos y también amamos.
La crítica que alimenta de cierta forma aquello que repudiamos, el no comprender la ironía o sarcasmo cosa que se ve día a día, no sabemos decir “No” ante lo que se nos impone
Prendés el televisor y hay un programa que no te gusta, pero vos lo ves igual. Agarrás el celular y escribís un tuit sobre lo que está pasando, o quizás haces un retweet de algo en lo que no estás de acuerdo porque crees que es digno de mostrar y cómo crees que estás un escalón por encima del resto lo haces a través del recurso de la ironía, todo en cuestión de segundos.
Lo haces en forma de burla, te reís porque lo que estás viendo te causa gracia porque en realidad no te gusta o no crees que sea tan elevado como el nivel que crees tener a la hora de consumir, pero igual lo ves y hablas sobre eso. Hoy en día vivimos en una sociedad que es la viva comparación o idealización del otro, estamos condicionados por las influencias de las grandes masas que generan en nosotros una falsa creencia ¿que acaso no tenemos autonomía? Básicamente uno consume por la imposición del otro. Somos las marionetas de un gran titiritero como los medios de comunicación, como la influencia se convierte en manipulación sin querer serlo,
Esa consecuencia es lo que resumo un “consumo irónico” de productos culturales, que si bien no es nuevo, hoy cobra nuevas aristas gracias a las redes sociales, es el consumo que básicamente, consiste en decir lo contrario a lo que se quiere dar a entender, empleando un tono, gesticulación o palabras que insinúan la interpretación que debe realizarse.
Actualmente todos consumimos un programa, un medio o un influencer que no nos agrada o que al menos nos parece que está del lado equivocado según nuestro consumo subjetivo. Lo hacemos para reírnos de un conductor, un presentador, panelistas o invitados.
Consumimos a aquellos que repudiamos pero le damos identidad al momento que se vuelve parte de nosotros e influencia.
Somos presos de la ironía, el alimento del medio, porque sino consumiéramos no existiría el otro, ¿pero cómo hacemos para evitarla, si es tan parte de nosotros?
Nos caen mal o piensan de una manera totalmente distinta a la nuestra, quizás enarbolan una cultura o discurso que no van con lo que pensamos o sentimos, básicamente esa es nuestra excusa y con eso pensamos que nos ganamos el derecho de consumirlos y mofarnos a destajo ya sea con amigos, familiares o solos. Una de las formas para de cierto modo replicar esto es a través de la información ¿pero como sabemos cuál es la información adecuada? ¿Qué está bien y qué está mal hoy en día en una sociedad donde todo tiene poder? Seguimos la última pelea mediática entre dos sujetos que no nos interesan y nos parecen carentes de buen gusto y que rozan lo bizarro y no coincidimos en nada – quizás- para decidir que al fin y al cabo ninguno de aquellos fulanos tiene razón. Los consumimos, pero no en serio, sino de forma irónica.
Vivimos en una era llena de opiniones, donde cada individuo debe tener una postura sobre todo, se impone un tema y como si fuera una obligación todos debemos dar nuestro punto de vista. Opinamos pero no nos involucramos del todo, solo decimos pero no hacemos. Creo que el mundo sería completamente diferente si pudiéramos poner en práctica el hacer y no solo «opinar», no digo que opinar este mal, porque es algo tan propio e individual, porque es muy fácil compartir un texto o imagen con nuestra opinión ¿pero realmente cambiamos algo con nuestro pensamiento revolucionario?
Muchas veces por seguir aquellas tendencias que se imponen día a día, ya sea de un problema en particular o un tema en general, nos vemos y sentimos en la necesidad de dar nuestro grano de arena, como si fuera una obligación el prácticamente decir «acá estoy», ¿es que acaso el odio es lo que ayuda a que crezca este control que nos invade?
Lo que magnífico este tipo de consumo fue el surgimiento de Twitter, la red social del pajarito se convirtió en una suerte de trinchera donde todos en algún momento fueron el blanco de críticas y ‘memes’
Muchos creadores de contenidos entendieron el modus operandi y la lógica de pensamiento de los “haters”, aquellos “odiadores seriales “que generan un efecto contrario al que buscan consumidores irónicos por excelencia que dedican su tiempo en realizar criticas destructivas contra todo aquellos que no les guste o que les parezca tonto o bizarro, son los grandes promotores de productos ya que hacen una difusión que ellos entienden como negativa pero es difusión al fin y al cabo.
Ya no interesa el contenido del mensaje con el cual medios e influencers intentan llegar sino simplemente que el mensaje llegue como sea, y eso los creadores de contenidos, políticos y referentes de distintas actividades lo han entendido a la perfección.
Sin embargo a veces este tipo de ironía puede ser peligrosa, ya que de todas formas sigue siendo consumo.
Ejemplos sobrados tenemos en la exposición mediática y la actitud bufonesca de personalidades de la política y el mundo del espectáculo o el deporte que bien sabemos tienen un mensaje de intolerancia, discriminatorio o xenófobo con posturas muy discutibles, muchas veces replicados masivamente gracias a este consumo irónico que lo único que logra es darles promoción a través de lo que pensamos como “ironía” que a fin de cuentas mis queridos “chichipios” – diría el excelentísimo Tato Bores- no es más que consumo.
Quizás solo sea cuestión de cambiar de canal, de dial, dejar de seguir a aquel que nos parece que no vale la pena el malgastar tiempo en consumirlos y en tomar la responsabilidad de combatir mensajes y discursos que atentan contra minorías o que ensalza un mensaje de odio, dejando a un lado el recurso irónico o sarcástico y ser categóricamente claros a la hora de exponer nuestra postura en contra de aquello que atenta contra la buena convivencia en sociedad.
Es hora de expresar nuestra libertad, dejar de ser presos del odio que solo alimenta al consumo.
Por: Carolina Dadone Ledesma y Marcos Prato.